domingo, 8 de abril de 2018

La tele y la crisis de autoridad


Le preguntan en la radio a los Golden Apple Quartet por qué ya no salen en la tele y contestan que en televisión ya no hay espacio para profesionales, solo para aspirantes. Y me ha dejado planchado, es verdad: la voz, tú sí que vales, operación triunfo, ... Hay muchos programas de música pero todos consisten en descubrir talentos. Aquellos programas de músicos profesionales uno tras otro ya no se hacen. Como mucho se recuperan troceados en formatos que apelan a la nostalgia (cachitos, ochéntame otra vez, dónde estabas en...).

Se me ocurre que esto entronca con la "crisis de autoridad". Preferimos ver en televisión personas como podríamos ser cualquiera de nosotros que personas especiales. También el famoseo pasó de los tiempos en que se hablaba de la vida de príncipes, marqueses, artistas y toreros a personas cualesquiera sin más mérito que convivir en una casa, barco, isla o lo que fuere. Podríamos malinterpretar el movimiento como la democratización del interés mediático, pero no creo que eso sea democracia, más bien vulgarización o, simplemente, rechazo al mérito. No queremos personajes que tengan más autoridad que nosotros, queremos ver personajes en los que nos podamos reconocer directamente, sin tener que hacer méritos especiales para ello, no tener una profesión concreta, unos estudios, cantar sin saber música, etc.

Cuando yo era pequeño el respeto a la autoridad era un valor. (Además había un autoritarismo político intolerable, pero no me refiero a eso). Uno iba al médico y le hacía caso a lo que le dijera sin chistar. En la escuela los maestros tenían autoridad y esta era reconocida por padres y alumnos de forma natural. Funcionarios, guardias, el portero de la finca... No se trataba tanto de personas investidas de alguna forma (lo de la "potestas" latina) como de autoridad reconocida por los demás (la "autoritas"). El portero de la finca reñía al niño que tiraba un papel en el portal y los padres respaldaban al portero. Las personas se trataban de usted, los trajes y corbatas ayudaban a reconocer a los individuos cuya autoridad, como el valor a los soldados, se suponía de antemano. En mi calle había algún portero de uniforme, la mayoría de traje y corbata.

Poco a poco le hemos ido dando la vuelta a esa situación y hoy nadie tiene autoridad de antemano, hay que ganársela y no está nada barata. Al médico le tratamos de tu, y él va vestido de forma indistinguible del paciente (bueno, a veces lleva bata), y lo que nos diga lo tendremos en consideración o no. Todos tenemos nuestra opinión sobre homeocosas, glútenes, alimentos blancos y demás, y nadie cambia esas opiniones por lo que le digan en atención primaria, por más que haya estudiado esa persona que se lo dice. No le reconocemos autoridad. No digamos al maestro que, además de no jugarnos la salud, ni siquiera nos trata a nosotros sino a nuestros preciosa (y escasa) progenie. Al menos con los porteros no hay problema, han sido sustituidos por (supuestos) "porteros automáticos" (salvo quizá en lugares pijos en los que se finge que vivimos en "aquellos tiempos", aunque seguro que ahora es el niño maleducado el que le saca la lengua al portero que no osará reñirle).

Por el tono puede parecer que me disgusta la pérdida de la autoridad, nada más lejos de la realidad, el tono nostálgico es por la pérdida de la juventud, que es otra cosa. La eliminación de las jerarquías es fundamental para el avance social y para la igualdad real; algo como el magnífico 8M de este año hubiera sido totalmente imposible (por razones obvias) en los tiempos de la autoridad preestablecida. Pero la ausencia de autoridad a priori resulta enormemente problemática en muchas situaciones, por ejemplo en el entorno educativo, dónde unos abogan por recuperarla a golpe de decreto (cosa que sabemos imposible) y otros por recomponer las relaciones de otro modo que de momento no encuentran. A la lista de cambios producidos por la "crisis de la autoridad" añado hoy, gracias a los Golden Apple Quartet, la programación televisiva.

viernes, 9 de marzo de 2018

Silencio

Oigo en RNE una tertulia, de esas que organiza Pepa Fernández, sobre el silencio (el 4 de mzo).

[Digresión sobre la radio: Últimamente, alternando la radio matutina del fin de semana entre RNE y SER, Pepa y Pino, veo muchas diferencias. No sé si en RNE se buscan a propósito temas blancos, desprovistos de lectura ideológica que quedan en conversaciones entre filosóficas y vacías sobre conceptos abstractos de relevancia escasa o rayana en la autoayuda. Por el otro lado, a la búsqueda (también puede que inconsciente) del compromiso y la inteligencia, en ocasiones se pasan de intensitos y pedantes. El repaso a los periódicos de provincias es el sumum, dos periodistas de mundo que se permiten reírse de lo que se publica en esos otros medios. Tras esta filípica,parece mentira que sean dos programas que me gustan bastante y que me entretienen mucho, pero es así.]

Volviendo al silencio… El silencio es la ausencia de sonido, la situación en la que nuestros detectores de ondas sonoras no perciben nada. No deja de ser curioso que tengamos tantos nombres para referirnos a lo que no está, especialmente cuando se quiere delimitar la frontera con lo que sí está. La ausencia tiene sentido cerca de la presencia, la muerte cerca de la vida, la oscuridad cerca de la luz. Un gusano que viva siempre bajo tierra no tendrá concepto de oscuridad, ni de luz, probablemente no tendré detectores de esa característica del entorno.

[Digresión sobre la temporalidad en esa frontera. En el caso de la muerte, como oposición a la vida, a medida que pasa el tiempo desde que cesa la vida, se va cambiando la manera de referirse al objeto: un perro muerto, un cadáver de perro, unos restos de animal, huesos,... Al principio nos referimos al objeto como cuando era un ser vivo solo que especificando que ya no, ahora está muerto; a medida que va pasando el tiempo se va perdiendo la referencia al ser vivo y se acentúa el objeto en sí mismo, un objeto inanimado.]

Las ondas sonoras son una de las principales vías de información del mundo exterior que recibimos muchos animales, nosotros entre ellos. Y la ausencia de información puede ser información (no news, good news). Pero la ausencia de información sólo es valiosa en función de las expectativas en un momento dado. Si llevamos días de viento y ahora hay silencio, esa ausencia de sonido informa de que ha cesado el viento. Si estábamos escondidos en una cueva esperando a que se marcharan los leones y hay silencio, la ausencia de rugidos informa de que se han ido los depredadores. Pero si lo que se estaba esperando es compañía, una pareja, una familia, y se percibe silencio, la información transmitida es la confirmación de la soledad no buscada. Ese es el estruendoso silencio triste de que hablan poetas (y tertulianos moñas).

Se cuenta como chiste (quizá sucedió muchas veces) que en algún lugar de oriente medio un control del ejército para a un coche y le preguntan a los pasajeros si son judíos, musulmanes o cristianos. Ellos responden que son ateos, a lo que los militares repreguntan “sí, sí, ¿pero ateos de judío, de musulmán o de cristiano?”. No quieren saber si su creencia está encendida o apagada, sino a qué dios hace referencia esa creencia; y con ello, claro, su pertenencia a uno de los grupos sociales enfrentados en la zona. Igual que silencio es “no-sonido”, ateo es “no-dios”, igual que silencio es la ausencia de diferentes sonidos, se puede ser ateo de distintos dioses como . Según cual es el que estés esperando esa ausencia tiene uno u otro significado. Puedes incluso perder la vida por ser ateo del dios equivocado.

martes, 6 de marzo de 2018

La gincana de los miniproyectos

Hace un par de semanas entregamos varias solicitudes de proyectos cuyas convocatorias parece más una gincana que un proceso administrativo normal. Una gincana en cuyo planteamiento planea la sensación de se trata al solicitante como un delincuente habitual al que hay que ponerle muchas dificultades para que no vuelva a abusar del sistema. A estos proyectos no se pueden pasar comidas, hace años ya que ese tipo de gastos no se pueden pasar a ningún proyecto (se ve que no es tan difícil pasar comidas no relacionadas con el proyecto y ante la duda, todo fuera y ya está). Tampoco viajes, supongo que con la misma argumentación. Pero tampoco compras de equipamiento; supongo que son proyectos que buscan que le demos caña a ese magnífico equipamiento que ya nos han ido comprando antes y que tenemos infrautilizado (ejem). Además has de afinar muy bien el presupuesto, si gastas de menos te penalizan, no solo es que no recibes lo no gastado, sino que te quitan parte de los sí gastado. Y los pocos gastos que sí "son elegibles" (maldito anglicismo) has de detallarlos con precisión, que no parezca que luego compras cosas que se te han ido ocurriendo sobre la marcha (como si la investigación no se hiciera precisamente sobre la marcha). Todo ello para unos proyectos que tienen un plazo de ejecución de 6 meses en el mejor de los casos.

Igual es que con los años se me ha hecho la piel muy fina para estas cosas, pero no puedo dejar de sentirme insultado con con los detalles antes comentados de las convocatorias. PEro los sentimientos de los potenciales beneficiarios no son importantes. Pero lo peor es que esa forma de gestionar es muy ineficiente. No es solo que digamos nosotros (los afectados) que en esquemas plurianuales y más flexibles haríamos lo mismo con la mitad de dinero (o el doble de resultados con el mismo), lo dicen también los estudios que se hacen sobre la eficiencia de los programas de financiación de la ciencia. Por ejemplo el que se publicba hace unos días en Science ("Science of science," by S. Fortunato et. al. Sience, 2 march 2018. Vol 359 issue 6379):

"Of note, funding schemes that are tolerant of early failure, and which reward long-term success, are more likely to generate high-impact publications than grants subject to short review cycles."


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La imagen es de aquí.

martes, 27 de febrero de 2018

Una lectura política de las tareas escolares


Las tareas escolares se han convertido en un tema polémico en los últimos años. Hubo incluso una convocatoria de huelga antitareas convocada por las familias. El argumento principal en favor de mantenerlas es el de "crear un hábito de trabajo". Parece ser que no se trata tanto de la efectividad de la tarea en cuanto a contenidos como en cuanto a habilidades, al entrenamiento de funciones ejecutivas: estar atenta a lo que se encarga, tomar notas, mantener la agenda, organizarse el tiempo, buscarle el momento, etc. Y este tipo de habilidades cuanto antes se empiecen a ejercitar mejor, así el hábito quedará bien adquirido. Aunque suene bonito, no hay ninguna evidencia de que este ejercicio sea efectivo a tal fin (1). Pero ese asunto no es el que me interesa ahora, quería aportar un punto de vista más: cómo esta nueva tarea encaja en "el sistema".

Ya sé que "el sistema" no es un conjunto de señores con chistera encendiendo puros con billetes, con esa visión antropomorfizamos ridículamente un conjunto de situaciones y relaciones sociales y económicas en las que nos desenvolvemos en un momento dado. Hecho este disclaimer, ya se puede hablar de ese conjunto de relaciones como el sistema. Y éste evoluciona hacia una actividad laboral muy desregulada. Cada vez más, los trabajadores (además de mal pagados) son autónomos, "freelances", emprendedores, autoempleados o como queramos llamarlo, pero ya no están en una estructura empresarial organizada en la que hay un jefe que les dice lo que tienen que hacer. Han de buscarse la vida, encontrar clientes y organizarse para hacer el trabajo que les encargan. Además de las tareas, también el tiempo laboral está desregulado, te llega un correo o un whatsapp a cualquier hora. La atención hay que mantenerla alerta todo el día y cualquier momento es bueno para realizar una tarea. Para sobrevivir en ese nuevo entorno laboral hace falta ser organizado, interpretar bien lo que quiere el cliente, llevar una agenda, organizarse el tiempo, pautarse el trabajo... curiosamente las mismas tareas ejecutivas que requiere la tarea escolar antes comentada.

Todos los agentes del sistema educativo (faimlias, docentes y políticos) viven en ese sistema, han padecido en ellos mismos o en sus hermanos, hijos, primos, etc. la desregulación laboral. Todos llevamos una agenda, recibimos interrupciones electrónicas (whatsapp, email, redes sociales, ...) y tenemos que organizarnos entreverando corregir exámenes, poner lavadoras, acabar informes o llevar niñas a karate. Todas, por tanto, valoramos más que nunca esa capacidad de gestionarnos la vida y, por tanto, nos parece obvio que desde pequeñitos empecemos a practicar.

Seguramente por eso percibimos la huelga antitareas como algo tan rancio (no lo niegues, aun estando a favor, de algún modo tú también la sentiste así). Tanto el concepto de huelga, como la ausencia de tareas escolares (infantiles) corresponden a un tiempo ya periclitado, a unas relaciones laborales con jefes y trabajadores, capitalistas y proletarios.

El establecimiento de la instrucción pública coincidió con la revolución industrial, se necesitaban trabajadores con un nivel de educación que no había sido necesario antes en el mundo rural. En aquella escuela  la puntualidad era un valor muy importante, como lo era para los trabajadores de las fábricas. Los valores de la educación son los de la sociedad en la que se encuentra, pero no porque sus gestores (con o sin chistera y puro) los impongan, sino porque están en el ambiente en el que viven todos los agentes que la componen. Si esto es así, me temo que las tareas escolares infantiles están aquí para quedarse; por triste que me parezca ver niños de 3 años con tarea y de 6 con agenda...


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(1)  A la hora de establecer lo que dice la evidencia hay que entrar en una casuística tremenda: las buenas tareas son efectivas, pero las malas contraproducentes, para que sean buenas han de ser de duración adecuada, etc. etc. Los estudios que dicen que la tarea es más efectiva en secundaria, lo que en realidad dicen es que en primaria es inútil. Es interesante analizar la charla de Marta Ferrero (sobre tareas a partir del min 19:50)  de forma crítica, analizando la evidencia de todo lo que dice que "se debe hacer". Dice, por ejemplo, que no hay que mandar deberes de forma rutinaria, y eso es lo que se hace en realidad casi siempre. Si ha habido un conflicto (real) es porque el uso real de los deberes se ha desmadrado, haciéndose rutinario, excesivo e inadecuado, no porque no existan formas pedagógicamente razonables y adecuadas de utilizarlos.

sábado, 24 de febrero de 2018

Lebertinaje de expresión

De adolescente cogía el "libro del Forges" que tenían mis padres en la estantería y encontraba viñetas con sabor antiguo. El campo de aquellos blasillos, los subsecretarios con traje de rayas agarrados al sillón "de sus entretelas" y demás fauna no eran lo que uno veía por la calle. Mis amigos del pueblo de mi padre (potenciales Blasillos) llevaban melena y vestían a la última, no el pelo rapado y fajín.

El personal estaba muy contento de haber recuperado una libertad de expresión inménsamente cercenada hasta hacía muy poco. Había canciones muy celebradas porque habían eludido la censura de forma alegórica: "pasando de Pili, pasando de Mili" de la Mandrágora o la Estaca, que fue un auténtico himno. Y a mi me parecía todo eso algo rancio, pasado, tan histórico como los tercios de Flandes. A nadie se le ocurriría entonces impedir que otros dijeran, escribieran, pintaran... Jamás pensé que los chistes de Tip y Coll sobre el asesinato de Carrero Blanco, el "Ayatola no me toques la pirola" o el personaje de Dios en el Jueves fueran algo distinto de la más absoluta normalidad.

Ahora descubro que aquella libertad de expresión no era "lo normal", recuperado tras un período puntual de pérdida violenta. Más bien es lo contrario, un pequeño oasis temporal en la ominiosa historia de la opresión intelectual. Aunque tengo tendencia al optimismo, a fijarme en que la humanidad vive hoy como nunca en su historia, estoy muy triste por mi trozo de humanidad cercano y por su libertad de expresión que, sin ninguna duda, vivió tiempos mejores.

Y encima va Forges y se muere   :__(

Las 3 noticias dela semana, junto con la muerte del Forges, que me llevan a este desasosiego. Qué no son las únicas, solo tres gotas para colmar el vaso. Se pueden encontrar en muchísimos sitios, pero esos titulares están copiados de : 1, 2, 3.

sábado, 20 de enero de 2018

10 años

Tal día como hoy hace 10 años era domingo. Por la tarde Beatriz me estuvo enseñando lo fácil que es eso de hacerse un blog, y así como para probar creamos dos, uno con pseudónimo que lleva abandonado desde casi aquel día y este. La de cosas que aprende uno de sus hijos.

Dos frases escritas aquella tarde siguen teniendo plena vigenica, la descripción de la temática: "La universidad, en general y la UPNA en particular, la ciencia, la docencia y otras hierbas" y el objetivo del blog, declarado en la primera entrada:
A veces pienso que tengo pocos lectores o que la temática está poco definida (y por eso hay pocos lectores), pero no puede ser de otra forma ya que nació, y se mantiene, más con un objetivo personal que de cara a una potencial audiencia. Visto así lo sorprendente es que tenga algún lector.

Esta entrada es la número 987 de las publicadas, una barbaridad vista de golpe pero que se hace casi sin esfuerzo, granito a granito, con el tiempo. Los primeros años escribía mucho, de forma muy impulsiva y bastante mal (y sin dar de alta el analytics). Luego llegó tuiter y se fue llevando temas e impulsos y aquí quedaron menos cosas. Creo que he ido mejorando la calidad de los textos, pero eso deberían juzgarlo otros. Y sigo publicando de forma demasiado impulsiva, sin revisar bien los textos, con muchas erratas que me dislexia de zurdo contrariado me dificulta localizar.

Los temas han ido cambiando. Al principio me importaba mucho la política universitaria de mi universidad, hacía poco que había dejado el equipo rectoral y tenía muchos detalles en la cabeza, pero en estos años me han aumentado las dioptrías de la presbicia mental y ni siquiera la fusión de departamentos o las "promociones" de los acreditados a cátedra me han animado a escribir algo.

En los años iniciales todavía leía el periódico de papel a diario (qué cosas) y muchos comentarios me los sugerían esas lecturas, eran cometarios a recortes de prensa. De ahí la etiqueta "recortes", pero la dejé de usar cuando la palabra "recortes" adquirió un significado mucho más siniestro, el recorte del estado del bienestar que no tiene visos de recrecer.

En 2010 se celebró en Pamplona el 5º Congreso de Comunicación Social de la Ciencia. Fue la vida digital, tuiter sobre todo, lo que me permitió conocer de verdad (aka desvirtualizar) a un montón de personas interesantísimas (evitaremos listas, siempre imperfectas). Y hablando con ellos me di cuenta de que yo era ya un "comunicador de la ciencia" aún sin saberlo. Entonces nació la etiqueta del blog "ciencia cotidiana", bajo la que he ido escribiendo piezas de divulgación, algunas también publicadas en medios más especializados y con muchísima mayor repercusión (especialmente Naukas). Este camino de la divulgación científica me ha llevado a ser nombrado en la UPNA para coordinar la actividad, y me ocupa hoy día una buena porción de la jornada laboral, probablemente la mayor parte.

Volviendo al blog, toda la constancia que he tenido en usarlo como libreta en la que apuntar lo que me iba apretando no la he tenido para mantener "proyectos editoriales" estables. Anuncié alguno sobre anumerismo o sobre vídeos que luego tuvieron escaso recorrido. Dan un poco de vergüenza esas entradas en las que dices grandilocuentemente lo que vas a hacer y que luego no ocurre. Estarán por ahí entre las casi mil, pero tampoco es cosa de borrar nada, en eso consiste también la gracia de un blog.

Aunque yo soy uno de mis temas favoritos de conversación (cosa que podría haber dicho Woody Allen pero creo que no ha registrado), es un vicio que hay que moderar mucho a riesgo de no tener con quien conversar, así que vamos acabando esta entrada de cumpledécada. Hay muchas cosas buenas que me han pasado gracias al blog, conocer gentes maravillosas, descubrir y seguir una vocación escondida, mejorar la escritura, tener más ordenadas muchas ideas, transferir esas habilidades a mi profesión docente, etc. etc. Pero si he de elegir una es la de vivir dos veces.

Y es que, como dijo John Dewey, no aprendemos de lo que hacemos, sino de reflexionar sobre ello. El hecho de haber escrito todas estas entradas ha supuesto rememorar y analizar cosas vividas, aprender de ellas, vivirlas otra vez.

Y por supuesto, muchas muchas, muchas gracias a todas las personas que leéis y comentáis.

A por los siguientes 10.

miércoles, 17 de enero de 2018

Lo que se puede medir y lo que no es tan fácil

"El que mide sabe, el que no opina", una frase que decía mucho el gran Javier Fernandez Panadero presentando su penúltimo libro. Hoy me he acordado de esa frase al ver  "El error de intentar medirlo todo", artículo de Daniel Innerarity en El País. Los dos tienen razón, y eso es posible porque se refieren a distintas medidas.

Medir es asignar un valor numérico a una magnitud comparándola con una unidad. Tenemos una longitud desconocida y vemos cuantas veces caba un centímetro en ella para obtener la longitud en centímetros. Eso es muy claro para magnitudes como la longitud, pero no es fácil para magnitudes como la alegría, la felicidad o el dolor. Alas primeras se les llama "magnitudes físicas" y sobre ellas hay construida un montón de ciencia y tecnología. Sistemas de unidades, unidades fundamentales y derivadas, patrones internacionales, etc. etc. Pero, ¿ya las segundas? Las magnitudes sin apellido, o "no físicas", que resultan ser las más importantes para los seres humanos en casi todas las ocasiones... no se pueden medir. No se pueden medir formalmente por definición. Si pudieran pasarían a ser "físicas".

El avance de las ciencias sociales ha requerido cuantificar muchas magnitudes no físicas, y por analogía a ese proceso también se le llama "medir", pero no debemos olvidar que en este contexto el proceso es totalmente distinto al anterior. El paso clave es el de sustituir la magnitud que interesa por una aproximación que sí se pueda cuantificar. El resultado del proceso será tanto más satisfactorio cuanto más próxima sea esa analogía. Por poner un ejemplo cercano, se suele sustituir la magnitud no física "calidad de un investigador" por el proxi "índice h" (elaboración compacta que da idea de la cantidad de publicaciones del investigador y la cantidad de citas recibidas por esas publicaciones).

"El que mide sabe y el que no opina" es una frase perfecta para describir el mundo de las magnitudes físicas. "El error de intentar medirlo todo" se refiere a lo problemático de cuantificar magnitudes no físicas. Esa problemática se puede resumir en dos ideas: (i) los proxis muchas veces son muy burdos para recoger lo que de verdad interesa de la magnitud a determinar y (ii) una vez establecidos los proxis los agentes sociales modifican su comportamiento para satisfacer el proxi y no la magnitud original, algo llamado Ley de Campbell, y que es terrible. En el ejemplo anterior supone la tendencia de los investigadores a publicar y ser citados, independientemente de que hagan buena ciencia (relevante y honesta) o no. Pero hay ejemplos peores, lo mejor es leer a Innerarity, en El Pais o en su blog.


domingo, 14 de enero de 2018

Científicos y políticos

Llevamos ya muchos años con una enorme crisis de confianza en el sistema político en que tenemos. Un sistema que "permite" que entremos en una crisis económica como la que no termina de amainar, que se llena de "puertas giratorias" y todo tipo de cerruptela y corrupciones de los que ocupan el poder. La quiebra del bipartidismo no ha resuelto el tema, los nuevos partidos se han hecho viejos en un santiamén.


¿No habrá por ahí técnicos que sepan hacer mejor las cosas? ¿No se podría hacer la política como se hace la ciencia?

Hay una primera distinción importante (que ya comentaba en este blog hace casi 10 años) qué es política y qué es gestión. Una cosa es decidir qué queremos hacer como sociedad y otra llevar a cabo esa decisión. Sin duda en el nivel de la gestión el conocimiento técnico debe primar, así como la independencia jerárquica del poder político para poder hacer prevalecer ese juicio técnico. Para eso están los funcionarios. Quizá la frontera entre un nivel y otro haya que ajustarla un poco (el reciente ejemplo de la dirección eneral de tráfico ante las nevadas da algunapista), pero no es descabellada.

Pero en el nivel político, en el de decidir que queremos hacer coelctivamente ¿no hay que introducir más ciencia? Sin duda, cuanta más mejor (1).  Hoy día hay un enorme corpus de conocimiento de temas concretos (transgénicos, cambio climático, inutilidad clínica de la homeopatía, etc.) pero yo no tengo claro que haya una traslación directa de ese conocimiento a la toma de decisiones colectiva (la política).

¿Construimos una presa, una línea de tren de alta velocidad, un auditorio o nada de eso? Hay geólogos que calcularán la probabilidad de que haya un terremoto en la zona, la estabilidad del terreno, etc. Hay expertos que darán el trazado óptimo, calcularán el radio y peralte de las vurvas o el número de salidas que ha de tener el auditorio. Hay economistas que harán cálculos de costes de las infraestructuras, y sociólogos que pueden encuestar a la población y conocer la aceptación inicial de esas obras. Pero todo ese conocimiento ¿cómo se convierte en una decisión? Al final decir sí o no es una cuestión que no tiene respuesta científica.

Por supuesto que cuanto más y mejor asesoramiento basado en la evidencia exista, menos decisiones pésimas se tomarán (cuando la presa se va a caer casi seguro, o el auditorio tiene un coste impagable, que de esas hemos visto algunas). Pero me temo que este camino no va a solucionar el desasosiego que nos produce la crisis de representación posrcrisis económica.

Lo de que fueran "los políticos" los gobernantes ni lo considero. Yo quiero que me opere un cirujano basado en la evidencia, pero no un investigador. Y para muestra véase el ejemplo del gobierno de las unoversidades, donde todos los "jefes" son científicos profesionales.

A la vista de la anterior, la iniciativa de "llenar el congreso de científicos" que está rondando estos días, está muy bien. Hay que concienciar a la sociedad del valor del conocimiento científico, pero no parece que sea el camino un cambio social grande y beneficioso.

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(1) por cierto, a la hora de introducir la ciencia en la decisión colectiva, no hay qu eolvidar que se demuetra matemáticamente que la agregación de preferencias individuales siempre es imperfecta, véase el teorema de Arrow

domingo, 7 de enero de 2018

La malignidad de las malas gráficas

Me encuentro con esta gráfica que tuiteó Cifuentes el día de reyes (ver), y se me empieza a hinchar la vena... ¿Es una manía mía o hay razones para enfadarse? Intento responder esta cuestión en lo que sigue, ya pasado el calentón inicial.


En primer lugar la gráfica está mal por motivos técnicos. El principal, discutido hasta la saciedad, es la trampa de no empezar el eje vertical en el cero. Ese truncamiento del eje da una impresión muy equivocada de los datos. Sólo está justificado hacerlo en situaciones muy concretas y siempre avisando muy claramente de que se está haciendo. Más abajo hay una gráfica con los mismos datos con el eje completo y se puede apreciar la diferencia. Además, pra saber cuanto de significativa es esa variación habría que saber el margen de error de los datos. Dado que estos se obtiene de una encuesta, un muestreo, algún márgen de error habrá, y si fuera el caso de que rondara el 5%, (lo que no es tan raro para encuestas), casi toda la diferencia estaría en el márgen de eeror. Pero eso no lo sé seguro y no lo voy a buscar ahora.

Podría uno pensar que la elección de los ejes ha sido desafortunada pero inocente (de hecho el omnipresente MS-Excell pone "por defecto" unos ejes muy parecidos si le pides representar esos datos).



Lo que seguro que no es inocente es no representar los datos que de verdad hay. Si representamos los datos reales, los que se dan con números ( 8,7 y 7,75) en la misma escala, vemos que la altura de las barras es distinta. Lo es en los dos casos en un 10% aproximadamente, solo que en sentidos distintos en cada caso, acentuando el "mensaje" que se pretende dar. Véase gráficamente en la siguiente figura:




Tras este pequeño análisis podemos concluir que la gráfica es muy mentirosa: se trucan los datos y se representan en un formato engañoso de forma que se acentúe la impresión que pretenden los autores mucho más allá de lo que los datos en sí mismos soportan.

Pero volviendo al principio, ¿tan terrible es que nos mientan con gráficas? Ya estamos acostumbrados a que los políticos nos cuenten mentiras y "verdades alternativas" en formato léxico. Tan acostumbrados que de alguna manera ya lo descontamos cuando les escuchamos (por supuesto con el correspondiente sesgo de confirmación que hace que veamos pequeñas las mentiras de "los nuestros" y agigantadas las de "los otros"). Pero si algo puede hacer que la gestión de lo público (la Política con mayúsculas) mejore es precisamente la incorporación de evidencia, de datos, comparativas, análisis cuantitativos. Así que torturar datos para que confiesen lo que quiere el político (aquí con minúscula) es especialmente terrible, es un torpedo en la línea de flotación del avance de la política basada en la evidencia. Es por eso que me resulta tan repulsiva esta práctica.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Reflexiones sobre 5 grandes temas y un mensaje común.

Con motivo del 30 aniversario de la UPNA, entre otros muchos actos, se celebró un ciclo de "Diálogos" (que ya comentamos en el blog). Cinco temas importantes en la sociedad actual que dieron para una interesante conversación entre expertos en las respectivas materias: la sociedad en tiempos de posverdad, la salud en el siglo XXI, gastronomía y ciencia, robots y empleo en la industria 4.0, y energía y sostenibilidad.

Cuando se ve así el listado de temas se puede pensar, bah! Ya están ahí una panda de académicos engolados hablando en su jerga y prediciendo cosas que ocurrirán o no. Nada más lejos de la realidad, en todos los casos escuchamos cosas que, a pesar de que son ya pasado, nos suenan a ciencia ficción. Caravanas de camiones sin conductor que hacen trayectos en largas autopistas estadounidenses, robots que imitan emociones tan empáticas que se le hace muy difícil al usuario desconectarlos, tratamientos personalizados tan prometedores como impagables, procesos nacidos en cocinas vanguardistas que se han transferido a la industria de fabricación de materiales, la enorme caída en el precio de las energías renovables, o de la credibilidad de políticos populistas.

Pero más allá de las magistrales pinceladas de cada tema, el cuadro completo ofrece una imagen global que merece la pena comentar. El conocimiento científico avanza de forma exponencial, la cantidad de conocimientos que hemos generado como sociedad es enorme, tanto que nos sorprendemos cuando se repasa lo que ya se sabe. Y no se trata solo de conocimiento teórico, nos sorprende lo que se está aplicando ya en múltiples rincones de nuestra vida cotidiana. Sin embargo hay una preocupación generalizada por la falta de gobierno efectivo de ese desarrollo. Se reclamó la necesidad de una auténtica política energética más allá de una colección de parches, lo mismo con la política de I+D. Se reclamó una regulación sobre el desarrollo de la inteligencia artificial, sobre la personalidad jurídica y responsabilidad de los robots. Se reclamó una regulación más adecuada para la industria alimentaria y su etiquetado, para la industria farmacéutica…

Los mismos científicos, tecnólogos y gestores que están produciendo el enorme desarrollo de sus disciplinas reclaman regulación, hacen un llamamiento al “debate social” respecto de la dirección en que deben llevarse al día a día esos avances. Y en ausencia de un debate social estructurado y una adecuada toma de decisiones colectiva, estos grandes temas se resuelven en una suerte de ecosistema de intereses particulares en el que distintos lobbies tiran en distintas direcciones. Empresas, mayoristas, asociaciones de consumidores o asociaciones de damnificados (reales o imaginarios) intentan sacar el mejor partido de una situación falta de miradas de medio plazo, planes estratégicos o libros blancos.

Podemos ver esa lucha entre intereses particulares como la razonable organización de la sociedad civil o como el fracaso de la política (de la política con mayúsculas, la gestión de lo público, no la partidista lucha por el poder que se ha adueñado de la palabra). Quizá sea muy iluso pensar en un futuro diseñado basándose en el mejor conocimiento disponible en vez de una mera gestión del porvenir intentando parar cada día el golpe de dónde venga. Aunque pueda ser iluso, ese es el mensaje que yo saqué de escuchar a todos los expertos que participaron en los Diálogos.